He sido docente de historia jurídica durante cuatro décadas.
También he dado clases de derechos humanos y de las personas.
Mi pasión ha sido y es investigar sobre la construcción, en el tiempo, 
de los derechos que en nuestra época consideramos como fundamentales.
Me encanta la historia de los derechos humanos. Por eso, quizás, 
no quiero que los derechos humanos sean historia.

No creo en la dignidad humana como algo innato, natural o metafísico.
Prefiero verla como una difícil y maravillosa construcción cultural colectiva.
Una obra milenaria erigida con la sangre y las lágrimas de millones de personas.

Esta asunción trae al menos un par de corolarios. 
Los entes naturales, como el sol, el viento o la lluvia, 
no requieren del quehacer humano para seguir estando y funcionando
(podemos afectarles, si disponemos de la tecnología, pero no dependen de nosotros).

En cambio las construcciones, 
como las casas y los puentes, precisan cuidado constante.
Si se las desea mejorar, es necesario poner manos a la obra. Pero hasta para mantenerlas, 
para que no se caiga lo que se ha construido, se impone un permanente esfuerzo.

El segundo corolario que me parece importante destacar aquí es que, 
como toda construcción cultural, la de los derechos humanos tiene coordenadas étnicas.

O sea: no es universal. Sus presupuestos se fueron encontrando, al menos desde el antiguo Sumer.
Acarrea los aportes del pensamiento mesopotámico, hebreo, egipcio, griego, romano y germánico, 
junto con contribuciones menores. La tradición judeocristiano-musulmana, la filosofía griega, 
y la ciencia jurídica romana, son sus columnas vertebrales, 
que se conjugan definitivamente en la Edad Media.

Esto quiere decir que hay factores inherentes a esa construcción que
(y esto no ha de ser interpretado como falta de respeto, por el contrario)
no integran (al menos no de modo central) otras notables tradiciones humanas, 
como la china, la japonesa, la americana originaria, la africana subsahariana, etcétera.

Los fenómenos expansivos, 
el incremento de los desplazamientos y las comunicaciones, en los últimos siglos, 
generaron transculturaciones enormes en muchas de aquellas sociedades, 
pero esas incorporaciones no ganaron la fuerza de las tradiciones inveteradas.

La construcción cultural de la idea del individuo y sus derechos, 
especialmente frente al poder del estado (que presenta una historia traumática, 
pero bastante clara en sus lineamientos), es uno de los elementos fundamentales, parece, 
de aquella tradición que fue erigiéndose en Medio Oriente, Norte de África y Europa y luego América.

Esa noción conlleva las de intimidad y libertad de elecciones, creencias y desplazamientos físicos.
El concepto de solidaridad no impuesta y de compromiso comunitario aceptado voluntariamente.
Estos factores son inherentes a nuestra construcción cultural, 
derivados de los derechos humanos y la dignidad humana.

En esa tradición cultural judeocristiano-musulmana y grecorromano-germánica, a su vez,
se fueron construyendo unos determinados principios y derechos «biológicos», 
vinculados con la «bioética», que debe mucho a la reacción frente a las prácticas nazis, 
terminada la II Guerra Mundial, atizada por la sofisticación tecnológica de los años 60s, 
y las primeras prevenciones sobre la posibilidad de un colapso ambiental irrecuperable.

El estadounidense Van Rensselaer Potter relanza la palabra «bioética», 
en clave de supervivencia global (hoy diríamos ecológica). Sin embargo,
en la década de 1980 se fue acentuando su vínculo con la ciencia médica,
y como sustento de los derechos de las personas que están enfermas, 
en un contexto cultural de defensa de la dignidad humana.

Así, de modo trabajoso y no muy pacífico, con grandes debates aún en curso, 
se van construyendo nociones como la del derecho a rechazar ciertas terapias
(que tanto debe a los Testigos de Jehová), el derecho del enfermo a una muerte digna, 
el derecho a recibir cuidados paliativos, el derecho del paciente crítico a procedimientos experimentales, 
el derecho a no perder nunca el respeto por el pudor, las creencias religiosas y los afectos personales.

Con relación al cadáver de los seres queridos, y de las personas en general, 
la tradición cultural suma a las consideraciones de raíz bíblica las de cuño helénico, 
insuperablemente planteadas en la tragedia Antígona, escrita por Sófocles hace unos 2.500 años.

De todas esas líneas emerge el derecho a saber el destino del cuerpo, 
y poderle dar el tratamiento que se desee, según las propias creencias y las de la persona muerta.
La negación de este derecho es particularmente dura en nuestra tradición cultural, 
y trae a la memoria la desagradable imagen de los desaparecidos.

El racionalismo, y más tarde algunas líneas positivistas, 
llevaron a la convicción de que los ordenamientos normativos, 
e incluso las decisiones judiciales, podían ser productos de la lógica.
Entonces, como la razón es universal, estarían fuera del tiempo y espacio.

Un código racional podría servir para cualquier pueblo y nunca ser modificado.
Aparecieron así los trasplantes de constituciones, códigos, leyes y hasta sentencias.
Pronto se mostró que el paradigma había ignorado el carácter tradicional, antropológico, 
social, histórico, de esas respuestas. Las normas daban resultados diferentes en cada país. 
Muy difícilmente funcionaban en sus contextos de recepción como en aquellos de su origen.

La peste actual (que sigue siendo una peste tenga el nombre raro que tenga) 
está ocasionando el trasplante de respuestas normativas que se suponen exitosas
(como las de China o Corea) en contextos de tradición cultural completamente distinta.

Muchos fracasos de ese trasplante (como la menor aceptación del aislamiento preventivo, 
o del uso de mascarillas protectoras, o el temor ante el incremento del poder de los gobiernos)
son a menudo interpretados como muestras de ignorancia, de indisciplina social o de estupidez, 
cuando pueden también ser atribuidos a que nuestra tradición cultural no es la del Oriente, 
acostumbrado desde hace milenios a la sumisión a la potestad omnímoda y a la no individualidad.

Esa tradición no es mala ni buena, 
quizás sea mejor que la construcción cultural nuestra, es muy posible.  No lo sé.
Pero es diferente de la nuestra y negarlo sería darse de cabeza contra la evidencia. 
Y, que yo recuerde, hasta el mes de febrero pasado, en general, aquella nuestra nos gustaba bastante.

La peste actual está poniendo en juego no sólo a nuestros sistemas de salud, 
sino además a nuestra construcción cultural, lo que no es de poca importancia.
Quizás deberíamos, en todos los países de tradición «occidental», tener cuidado.
Velar porque las graves circunstancias que vivimos no hagan caer nuestro legado.

Los parlamentos han de pasar a sesionar en línea. 
Quizás esta sea la gran oportunidad (el mal que venga por bien) 
para ir implementando de una vez la democracia telemática directa general, 
que nos puede llevar algún día a terminar con las dudosas formas representativas de legislación.

Los poderes ejecutivos, y los gobiernos en general, 
deberían ejercer su potestad con limitación y enorme respeto, 
evitando las sanciones desmesuradas, las represiones humillantes, 
los excesos de fuerza y las actitudes abusivas o generadoras de males peores.
El diálogo y la atención al pensamiento diverso han de predominar, los denuestos e insultos salir del discurso.
Nadie debe ser considerado enemigo público por opinar de otra manera, aunque suene muy chocante.

No debemos olvidar nunca, ni en los peores momentos de esta maldita peste, 
esa construcción tan ardua que nuestra cultura hizo para tener derechos humanos, 
para generar el concepto de dignidad humana. Millones de antepasados nos lo demandan, 
especialmente quienes dejaron jirones de su única existencia ante el abuso de los poderosos.
No olvidemos que esos derechos duran toda la vida, aunque ésta se prolongue por muchos años.
No olvidemos que las personas enfermas, incluso las moribundas, no pierden esa dignidad humana.

No lo olvidemos, 
salvo que hayamos tomado la decisión de abandonar nuestras construcciones culturales,
de declararlas públicamente erróneas e ineptas para las situaciones límite como la que estamos viviendo
(que son, en definitiva, las verdaderas oportunidades en que tales construcciones se ponen a prueba:
si no sirven en ese contexto, no sirven para ningún otro). 

Si lo olvidamos, 
el estudio de los derechos humanos pasará a ser un capítulo de la historia jurídica.

RICARDO RABINOVICH-BERKMAN
Buenos Aires, 3 de abril de 2020
(se autoriza y agradece la difusión por cualquier medio, siempre con mi firma)

Imagen: (CC) Wikipedia.